La muerte, por Thomas Mann
Por fin ha llegado el otoño; el verano no retornará. Jamás volveré a verlo…
El mar está gris y tranquilo, y cae una lluvia fina, triste. Cuando lo vi esta mañana, me despedí del verano y saludé al otoño, al número cuarenta de mis otoños, que al fin ha llegado, inexorable. E inexorablemente traerá consigo aquel día, cuya fecha a veces recito en voz baja, con una sensación de recogimiento y terror íntimo… (más…)
POR ENCIMA DE LA LEY, DEBAJO DE LOS SOMMIERS, por Woody Allen
Wilton Creek se localiza en el centro de las Grandes Planicies, al norte de Shepherd’s Grove, a la izquierda de Dobb’s Point y justo encima de los acantilados que forman la constante de Planck. La tierra es cultivable y se encuentra sobre todo en el suelo.
Una vez al año, los vientos huracanados provenientes del Kinnah Hurrah cortan veloces los campos abiertos, llevándose consigo a los granjeros que realizan su faena y depositándolos cientos de millas más al Sur, donde con frecuencia deciden reestablecerse y abren boutiques. (más…)
La noche no termina nunca de caer, por Gabriel Sosa
Cuando abrió la reja para salir a la calle la escuchó chirriar, y su mano notó cómo toda la estructura de metal vibraba al moverse, debido a la herrumbre en las viejas bisagras. Alguien tiene que aceitar esto, pensó. Y después se apostilló a sí mismo. Alguien no, tengo que ser yo. ¿Quién más puede ser? ¿Quién hace todo ahora y desde hace años? ¿A quién iba a llamar? Ni siquiera sabía a quién podía llamar para hacer un arreglo simple. Lo que se rompía lo arreglaba él, y lo que no podía arreglar quedaba roto. Eso no era vida. (más…)
El narrador, por Saki
Era una tarde calurosa y el interior del vagón estaba consecuentemente sofocante. Faltaba casi una hora para llegar a Templecombe, la siguiente estación. Los ocupantes del compartimiento eran una niña pequeña, una niña aún más pequeña y un niño pequeño. Una tía que pertenecía a los niños ocupaba uno de los asientos de la punta; el asiento de la otra punta estaba ocupado por un hombre soltero que no formaba parte del grupo, pero las niñas pequeñas y el niño pequeño ocupaban decididamente todo el compartimiento. Tanto la tía como los pequeños practicaban un tipo de conversación persistente y de corto alcance que hacía pensar en los esmeros de una mosca que no se desalienta por más que la rechacen. La mayor parte de las observaciones de la tía parecían comenzar con: “No”, y casi todos los comentarios de los niños comenzaban con: “¿Por qué?”. El hombre soltero no emitía palabra.
–No, Cyril, no –exclamó la tía cuando el niño pequeño comenzó a azotar los almohadones del asiento, levantando con cada golpe una nube de polvo–. Ven a mirar por la ventanilla –añadió.
El niño se acercó a la ventilla de mala gana.
–¿Por qué están sacando esas ovejas de ese campo? –preguntó.
–Supongo que se las están llevando a otro campo donde hay más pasto –respondió la tía sin mucha convicción.
–Pero hay un montón de pasto en ese campo –protestó el niño–; ahí no hay nada más que pasto. Tía, hay un montón de pasto en ese campo.
–A lo mejor, el pasto del otro campo es mejor –sugirió la tía neciamente.
–¿Por qué es mejor? –fue la inevitable y rápida pregunta. (más…)
Flora, por Sylvia Townsend Warner
en Crítica Digital.
Una huella se apartaba del sendero principal que atravesaba el monte y desaparecía entre los matorrales como un animal salvaje. Nadie habría pensado que conducía a una vivienda; en realidad, nadie lo habría visto si un basurero de plástico blanco no hubiese llamado la atención. Esta señal de civilización acentuaba el abandono y la soledad del paisaje que lo rodeaba. Pero la huella, serpenteando entre matorrales espinosos y pozos empantanados, conducía a una casa, la residencia de Hugo Tilbury, doctor en Letras, que él había bautizado Ortygia. Edward, que conocía el camino, iba delante. Parecía un camino interminable; yo tuve tiempo suficiente para entretenerme pensando en las asociaciones literarias del nombre y en por qué contendría connotaciones de retiro, pero era demasiado tarde para preguntar. A Edward no le gustaban las conversaciones durante los paseos por el campo, argumentando que una voz cultivada espantaba cualquier ave, animal o mariposa que estuviera en el radio auditivo.
Hizo una pausa bajo un grupo de pinos harapientos y dijo: “Ahí está”. Frente a nosotros había una casa prolija de ladrillos rojos con una única chimenea y un tanque de agua. Delante se veía una porción de tierra trabajada, con algunos repollos creciendo a desgano en el suelo de turba, rodeados por un alambrado que alejaba los conejos. La casa también parecía desconforme, como si al encontrarse tan bien cuidada y ser tan rectangular se sintiera degradada por su entorno y exigiera vecinos. (más…)
Stevie Wonder, Lately
La Biblioteca Británica permitirá la descarga digital de obras del siglo XIX
Más de 65.000 obras de ficción del siglo XIX en poder de la Biblioteca Británica podrán ser descargadas digitalmente, sin recargo, a dentro de unos meses más, según el “Sunday Times”.
“Las personas que tengan el lector digital Amazon Kindle podrán acceder a los trabajos originales de Charles Dickens, Jane Austen o Thomas Hardy, así como obras de miles de autores menos conocidos.
Este proyecto digital está financiado por el gigante informático Microsoft, cuyo aporte no ha sido revelado, pero la biblioteca se ha limitado a afirmar que se trata de “un monto muy generoso”.
La directora de la Biblioteca Británica, Lynne Brindley, dijo al dominical que poner a disposición de la población “libros históricos de las estanterías tiene la posibilidad de revolucionar el acceso a los recursos de la mayor biblioteca del mundo”.
Durante los últimos tres años, la firma Microsoft viene ayudando a la Biblioteca Británica a escanear los libros.
La biblioteca se ha concentrado en digitalizar los libros del siglo XIX porque los textos ya no tienen derecho de autor, pues éste expira setenta años después de la muerte del escritor.
La biblioteca confía en ampliar la digitalización a los libros de principios del siglo XX.”
Fuente: EFE y Revista Ñ
Nikita, por Patricia Suárez
Yo fui el que encontró el cuerpo de la niña Lena Zakotnova a la orilla del río Grushevka, el crimen que luego se llamó el primer crimen del Camarada Chikatilo. Me llamo Nikolai Maxímich Polzicov, me dicen Nikita; tengo diez años y estoy en el quinto curso, el próximo año estaré en el sexto y seré todo un éxito, así lo ha anunciado la maestra Fedorovna, que es una mujer que mira a la clase con aire grave y nos trata de usted. Fue así: esa tarde yo acababa de bajar el puente Grushevski para ir a un sitio que conozco entre los sauces llorones a hacer rebotar piedrecitas contra el agua; es un sitio fenómeno para eso; luego iban a venir mis amigos Oleg, Abramka, Ygor, que es un tonto, Solomon, Boris y algún otro, y Leonid Yeremíach, que es mi mejor amigo, y a lo mejor nos poníamos a jugar con la pelota o seguíamos rebotando piedrecitas a ver quién más y más lejos. Yo no sentí ningún miedo, no soy ningún miedoso, Leonid puede dar fe. La niña en la ribera estaba en una posición muy extraña; luego que me acerqué, vi que era porque tenía echado encima un capotito de piel de castor y debajo estaba toda desnuda. Entonces corrí todo lo rápido pude hacia la calle Soviet y, cuando llegué, grité y grité hasta que alguien me prestó atención, porque aquí los mayores nunca les prestan mucha atención a los niños. Un grande se paró y me preguntó: “Camarada, ¿qué pasa?”, y yo expliqué que había visto a la niña muerta allí abajo, desnuda, tapada con un capotito de castor y con el cogote cortado como una gallina. Después, Oleg y Boris y los otros dijeron que yo había gritado de susto porque le vi la cosita a la niña. No, señor, yo no sentí nada de miedo; no soy de los niños que se asustan por ver la cosita: eso sólo le pasa, que yo sepa, a Ygor, que es tonto. (más…)
Cuando hablábamos con los muertos, por Mariana Enríquez
A esa edad suena música en la cabeza, todo el tiempo, como si transmitiera una radio en la nuca, bajo el cráneo. Esa música un día empieza a bajar de volumen o sencillamente se detiene. Cuando eso pasa, uno deja de ser adolescente. Pero no era el caso, ni de cerca, de la época en que hablábamos con los muertos. Entonces la música estaba a todo volumen y sonaba como Slayer. (más…)
Chabeli, por Patricia Suárez
Para empezar, la habían engañado. Pero siempre la engañaban y éste no era el problema mayor. Habían viajado a Brasil tres veces de vacaciones, en 1980, 1981 y 1982; por eso Chabeli pensó cuando le propusieron el viaje, en 1984, que la propuesta era que ahora ella lo hiciera sola. Le preguntaron si para sus quince años, querría de regalo de cumpleaños la fiesta tradicional o el viaje a Brasil. Ella recordó que su tía Mariana –la que ahora estaba internada en el Psiquiátrico Philippe Pinel a causa de desaveniencias maritales- había viajado sola al Brasil cuando cumplió quince. En definitiva, ésta era su Oportunidad, la Liberación, un Poco de Oxígeno. Segura, respondió: “El viaje”. Todos festejaron; todos estaban contentos: casi vivaron su nombre a coro. A ella tanta alegría junta de su familia le dio mala espina. Días antes, la madre le había contado a modo de advertencia que Elsita, la hija del tío Josafat, le había arruinado la fiesta al tío –una fiesta costosísima- encerrándose en el baño a llorar. El tío Josafat y la tía Elsa aporrearon la puerta con desesperación, pero Elsita se negó a salir. Los invitados ni siquiera tuvieron la delicadeza de marcharse, sino que se quedaron para comer y bailar y hasta cortaron la torta de Elsita sin Elsita: una desfachatez. Chabeli creyó, en el momento en que la madre le vino con el asunto éste, que le contaba lo de la prima Elsita para torcer la decisión de Chabeli, y que ella eligiera el viaje y no la fiesta. Porque seguramente la fiesta sería más cara que un viaje a Brasil. Error: el error es la alfombra roja de los incautos y era, por supuesto, por donde Chabeli se paseaba con mayor denuedo. Al Brasil viajaron todos juntos, en ómnibus. (más…)









