“En jardines ajenos”, por Peter Stamm
En Diario Crítica.
Era verano, y el sol brillaba a través de las rendijas de los postigos cerrados, dibujando manchas claras en las paredes de las habitaciones que daban a la calle; eran estrechas franjas que se deslizaban despacio hacia abajo, se ensanchaban al tocar el suelo y recorrían el parquet y las alfombras; rozaban de vez en cuando un objeto, un mueble o un juguete olvidado, para luego elevarse al atardecer por las paredes de enfrente y acabar extinguiéndose.
En las primeras horas del día, la cocina, cuyos postigos nunca se cerraban, quedaba inundada por una luz radiante, y si alguien hubiera entrado en ella, habría podido creer que los habitantes de la casa habían salido un momento al jardín y enseguida regresarían. Del grifo colgaba un trapo, sobre uno de los fogones de la cocina había una sartén, como si acabara de ser utilizada, y en un vaso de agua, en el que se habían formado pequeñas burbujas, se descomponía la luz. (más…)
“Carne de exportación”, por Inés Fernández Moreno
Lomo, ojo de bife, vacío, chuletones, unos cincuenta kilos de carne de primera repartidos en Coral Gables. Cortes seleccionados para que los coman casi crudos y bañados en salsa barbecue, como les gusta a ellos. Daniel gira por Collins Street y siente un pinchazo de bronca. Creen que saben preparar la carne mejor que los argentinos, con sus parrillas de juguete llenas de manivelas, en sus jardines sin hormigas y sin olor. “De eso estás viviendo”, le dice siempre Vera, así que mejor se calla. Pero no puede impedir que le lleguen, desde tantos veranos y tantos lugares de la infancia, el olor y el sonido de las ramitas que crepitan, la felicidad de juntarlas en el pasto húmedo; si entrecierra los ojos, hasta puede ver la fina columna de humo que se levanta de la pila que han armado con sus primos. Para eso es necesario un jardín generoso, un jardín con algo de bosque, no esos canteros presuntuosos, esos céspedes cortados al rape, como si fuera la cabeza de un marine. Se merecen su charcoal, piensa, y otra vez recuerda el sentido común de Vera. “Hay que adaptarse, dejar atrás las nostalgias inútiles”. Como prueba de su capacidad de adaptación, ella le ha regalado ese pantalón, el que lleva puesto, un pantalón de carpintero americano con por lo menos diez bolsillos de distintos tamaños donde nunca sabrá qué guardar.“Las dos partes implicadas”, por J. D. Salinger
En realidad no hay mucho que contar. Quiero decir que no fue grave ni nada, pero fue así como raro, en todo caso. Quiero decir porque por un momento pareció que todo el mundo de la fábrica y la madre de Ruthie y todos se iban a carcajear de nosotros. Habían estado diciendo que yo y Ruthie éramos demasiado jóvenes para casarnos. Ruthie tenía diecisiete“Retrato de un piscicultor”, por Guillermo Martínez
En diario Crítica.
Así fue, sí: el primer pececito se lo regalé yo; lo compré en El Arca de Noé, que en esa época era la única casa de animales en la ciudad. En realidad hubiera querido regalarle uno más grande, uno que estaba aparte, solo en una pecera, uno de esos peces tropicales con la cola llena de colores. Pero mi esposo me había dado poco dinero y yo quería comprarle la pecera también.
Al final me decidí por uno de estos lebistes. Lebiste reticulatus, dijo el vendedor, pero casi parecía una mojarrita del arroyo, un pez verde botella, de lo más vulgar, así que llevé una bolsa entera de piedras de colores para que la pecera, por lo menos, estuviese lo más bonita posible. El paquete se lo pusimos al lado de la cama, la foto la sacó mi esposo.
Cumplía once años, pero parecía más chico; siempre representó menos de su edad: era un gurrumín al lado de sus compañeros de escuela. Todo el día estuvo así, sentado delante de la pecera, mirando a su pececito. Quería darle comida a cada rato, pero ya me había explicado el vendedor que no se puede, se enturbia el agua; después compramos el Manual del Piscicultor y verdaderamente es una ciencia la piscicultura: hay una temperatura exacta para el agua, y está la cuestión del cloro, y los alimentos balanceados. Cada vez aparecían más cosas.
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“Gracias a Dios los alemanes invadieron Francia”, por Irène Némirovsky
“A veces llegaba a alegrarse, ella, patriota hasta la médula, de la presencia del enemigo, pensó al oír los pasos de los centinelas alemanes en la carretera que bordeaba el parque. Recorrían la región durante toda la noche en grupos de cuatro; las pisadas de las botas y el rumor de las armas, que traían a la mente el patio de una prisión, se oían regularmente, al mismo tiempo que la campana de la iglesia, repique dulce y familiar que acunaba al pueblo en su sueño. Sí, la vizcondesa de Montmort había llegado a preguntarse si no habría que dar gracias a Dios por haber permitido que los alemanes invadieran Francia. Y no es que le gustaran, ¡Dios mío! No los podía ver. Pero sin ellos… ¿quién sabe? Amaury solía decirle: “¿Comunista, la gente de aquí? ¡Si son más ricos que tú!” Pero no era solamente cuestión de dinero o propiedades, sino también, y sobre todo, de pasión. La vizcondesa lo intuía confusamente, aunque no fuera capaz de explicarlo. Puede que no tuvieran más que una vaga idea de lo que realmente era el comunismo, pero esa idea halagaba su deseo de igualdad, un deseo que la posesión de dinero y tierras exasperaba en lugar de aplacar. (más…)
La ciudad de la rata, la ciudad de la golondrina, por Italo Calvino
“Una Sibila, interrogada sobre el destino de Marozia, dijo:
-Veo dos ciudades: una de la rata, otra de la golondrina.
El oráculo fue interpretado así: hoy Marozia es una ciudad donde todos corren por galerías de plomo como bandadas de ratas que se arrancan de entre los dientes los restos que caen de los dientes de las ratas más amenazadoras; pero está a punto de empezar un nuevo siglo en el que todos en Marozia volarán como las golondrinas por el cielo de verano, llamándose como si jugaran, dando volteretas con las alas inmóviles, despejando el aire de moscas y mosquitos.
Volví a Marozia años después; la profecía de la Sibila se considera cumplida desde hace tiempo; el viejo siglo quedó sepulto; el nuevo está en su culminación. La ciudad ha cambiado, sin duda, y quizás para mejor. Pero las alas que he visto volar son las de los paraguas desconfiados bajo los cuales unos párpados pesados se bajan ante las miradas; gentes que creen volar las hay, pero apenas si se alzan del suelo agitando hopalandas de murciélago.
Sucede sin embargo que, rozando los compactos muros de Marozia, cuando menos te lo esperas ves abrirse una claraboya y aparecer una ciudad diferente que al cabo de un instante ha desaparecido. Quizás todo consista en saber qué palabras pronunciar, qué gestos hacer, y en qué orden y con qué ritmo, o bien baste la mirada la respuesta el ademán de alguien, baste que alguien haga algo por el solo placer de hacerlo y para que su placer se convierta en placer de los demás: en ese momento todos los espacios cambian, las alturas, las distancias, la ciudad se transfigura, se vuelve cristalina, transparente como una libélula. Pero es preciso que todo ocurra como por casualidad, sin darle demasiada importancia, sin la pretensión de estar realizando una operación decisiva, teniendo bien presente que de un momento a otro la Marozia de antes volverá a cerrar su techo de piedrra, telarañas y moho sobre las cabezas.
¿Se equivocaba el oráculo? No está dicho. Yo lo interpreto de esta manera: Marozia consiste en dos ciudades: la de la rata y la de la golondrina; ambas cambian con el tiempo, pero su relación no cambia: la segunda es la que está a punto de librarse de la primera.”
Italo Calvino, Las ciudades invisibles. Madrid, Siruela, 1998.
Muestra de arte italiano en la UCA

por Judith Savloff en Crítica Digital del 8-11-2009
En principio todo parece dormido, lejano. Así que habrá que despertar a ese monstruo marino, por ejemplo. Acercarse a la pequeña estampa que creó Agostino Carraci (1577-1602) y quitarle a Andrómeda el velo para recordar o descubrir que el padre la encadenó a una piedra, así, desnuda, para que aquel engendro, enviado por Poseidón en castigo por ser tan presumida, se la llevara sin arrasar con todo el pueblo. Y que aquí, ahora, la chica redonda y fibrosa no tiene más remedio que retorcerse con esas poses de garbo exasperadas para esquivar dientes puntiagudos como triángulos y una cola de sirena pesada como escultura antigua, hasta que llegue Perseo en sus sandalias aladas para rescatarla. (más…)
Llega la primera retrospectiva de Warhol, el gran artista pop
Una exposición que reúne más de 170 obras, entre pinturas, grabados, fotografías y películas. Desde el viernes 23 hasta el 22 de febrero en el Malba.
Por: Gisela Antonuccio (Revista Ñ, 24/10/2009)
“Preferiría seguir siendo un misterio”, declaró Andy Warhol. La frase fue pronunciada por el propio creador del Pop Art en los años 70, cuando ya era un artista-celebridad conciente de esa condición y su cara se asociaba a figuras como John Lennon, Elizabeth Taylor o Truman Capote, entre otros personajes del mundo del espectáculo, la literatura, la moda o del under estadounidense.
Fruto del genuino deseo -era reacio a hablar sobre el origen inmigrante y obrero de su familia- o de su habilidad para convocar, aquella declaración rebota durante el recorrido de Mr. América, la primera retrospectiva que llega al país de Warhol (1928-1987), con más de 170 obras del multifacético artista, convertido él mismo en un ícono pop, que se expone desde mañana en el Malba (el viernes abre para el público).
Allí están los célebres retratos de Marilyn Monroe, Jacqueline Kennedy y Mao, entre 26 pinturas, 59 grabados, 39 fotografías, 44 películas y dos instalaciones, traídas del Museo Andy Warhol de Pittsburgh. Y la famosa serie de imágenes de Sopas Campbell, su primera exposición individual en Nueva York, en 1962. (más…)








