Entradas agregadas ‘Cuento’

La muerte, por Thomas Mann

9 de septiembre

Por fin ha llegado el otoño; el verano no retornará. Jamás volveré a verlo…

El mar está gris y tranquilo, y cae una lluvia fina, triste. Cuando lo vi esta mañana, me despedí del verano y saludé al otoño, al número cuarenta de mis otoños, que al fin ha llegado, inexorable. E inexorablemente traerá consigo aquel día, cuya fecha a veces recito en voz baja, con una sensación de recogimiento y terror íntimo… (más…)

febrero 23, 2010 at 10:46 pm 3 comentarios

POR ENCIMA DE LA LEY, DEBAJO DE LOS SOMMIERS, por Woody Allen

Wilton Creek se localiza en el centro de las Grandes Planicies, al norte de Shepherd’s Grove, a la izquierda de Dobb’s Point y justo encima de los acantilados que forman la constante de Planck. La tierra es cultivable y se encuentra sobre todo en el suelo.

Una vez al año, los vientos huracanados provenientes del Kinnah Hurrah cortan veloces los campos abiertos, llevándose consigo a los granjeros que realizan su faena y depositándolos cientos de millas más al Sur, donde con frecuencia deciden reestablecerse y abren boutiques. (más…)

febrero 23, 2010 at 6:38 pm Deja un comentario

La noche no termina nunca de caer, por Gabriel Sosa

Cuando abrió la reja para salir a la calle la escuchó chirriar, y su mano notó cómo toda la estructura de metal vibraba al moverse, debido a la herrumbre en las viejas bisagras. Alguien tiene que aceitar esto, pensó. Y después se apostilló a sí mismo. Alguien no, tengo que ser yo. ¿Quién más puede ser? ¿Quién hace todo ahora y desde hace años? ¿A quién iba a llamar? Ni siquiera sabía a quién podía llamar para hacer un arreglo simple. Lo que se rompía lo arreglaba él, y lo que no podía arreglar quedaba roto. Eso no era vida. (más…)

febrero 16, 2010 at 11:41 pm Deja un comentario

El narrador, por Saki

Era una tarde calurosa y el interior del vagón estaba consecuentemente sofocante. Faltaba casi una hora para llegar a Templecombe, la siguiente estación. Los ocupantes del compartimiento eran una niña pequeña, una niña aún más pequeña y un niño pequeño. Una tía que pertenecía a los niños ocupaba uno de los asientos de la punta; el asiento de la otra punta estaba ocupado por un hombre soltero que no formaba parte del grupo, pero las niñas pequeñas y el niño pequeño ocupaban decididamente todo el compartimiento. Tanto la tía como los pequeños practicaban un tipo de conversación persistente y de corto alcance que hacía pensar en los esmeros de una mosca que no se desalienta por más que la rechacen. La mayor parte de las observaciones de la tía parecían comenzar con: “No”, y casi todos los comentarios de los niños comenzaban con: “¿Por qué?”. El hombre soltero no emitía palabra.

–No, Cyril, no –exclamó la tía cuando el niño pequeño comenzó a azotar los almohadones del asiento, levantando con cada golpe una nube de polvo–. Ven a mirar por la ventanilla –añadió.

El niño se acercó a la ventilla de mala gana.

–¿Por qué están sacando esas ovejas de ese campo? –preguntó.

–Supongo que se las están llevando a otro campo donde hay más pasto –respondió la tía sin mucha convicción.

–Pero hay un montón de pasto en ese campo –protestó el niño–; ahí no hay nada más que pasto. Tía, hay un montón de pasto en ese campo.

–A lo mejor, el pasto del otro campo es mejor –sugirió la tía neciamente.

–¿Por qué es mejor? –fue la inevitable y rápida pregunta. (más…)

febrero 16, 2010 at 11:32 pm Deja un comentario

Flora, por Sylvia Townsend Warner

en Crítica Digital.

Una huella se apartaba del sendero principal que atravesaba el monte y desaparecía entre los matorrales como un animal salvaje. Nadie habría pensado que conducía a una vivienda; en realidad, nadie lo habría visto si un basurero de plástico blanco no hubiese llamado la atención. Esta señal de civilización acentuaba el abandono y la soledad del paisaje que lo rodeaba. Pero la huella, serpenteando entre matorrales espinosos y pozos empantanados, conducía a una casa, la residencia de Hugo Tilbury, doctor en Letras, que él había bautizado Ortygia. Edward, que conocía el camino, iba delante. Parecía un camino interminable; yo tuve tiempo suficiente para entretenerme pensando en las asociaciones literarias del nombre y en por qué contendría connotaciones de retiro, pero era demasiado tarde para preguntar. A Edward no le gustaban las conversaciones durante los paseos por el campo, argumentando que una voz cultivada espantaba cualquier ave, animal o mariposa que estuviera en el radio auditivo.

Hizo una pausa bajo un grupo de pinos harapientos y dijo: “Ahí está”. Frente a nosotros había una casa prolija de ladrillos rojos con una única chimenea y un tanque de agua. Delante se veía una porción de tierra trabajada, con algunos repollos creciendo a desgano en el suelo de turba, rodeados por un alambrado que alejaba los conejos. La casa también parecía desconforme, como si al encontrarse tan bien cuidada y ser tan rectangular se sintiera degradada por su entorno y exigiera vecinos. (más…)

febrero 10, 2010 at 8:25 pm Deja un comentario

Chabeli, por Patricia Suárez

Para empezar, la habían engañado. Pero siempre la engañaban y éste no era el problema mayor. Habían viajado a Brasil tres veces de vacaciones, en 1980, 1981 y 1982; por eso Chabeli pensó cuando le propusieron el viaje, en 1984, que la propuesta era que ahora ella lo hiciera sola. Le preguntaron si para sus quince años, querría de regalo de cumpleaños la fiesta tradicional o el viaje a Brasil. Ella recordó que su tía Mariana –la que ahora estaba internada en el Psiquiátrico Philippe Pinel a causa de desaveniencias maritales- había viajado sola al Brasil cuando cumplió quince. En definitiva, ésta era su Oportunidad, la Liberación, un Poco de Oxígeno. Segura, respondió: “El viaje”. Todos festejaron; todos estaban contentos: casi vivaron su nombre a coro. A ella tanta alegría junta de su familia le dio mala espina. Días antes, la madre le había contado a modo de advertencia que Elsita, la hija del tío Josafat, le había arruinado la fiesta al tío –una fiesta costosísima- encerrándose en el baño a llorar. El tío Josafat y la tía Elsa aporrearon la puerta con desesperación, pero Elsita se negó a salir. Los invitados ni siquiera tuvieron la delicadeza de marcharse, sino que se quedaron para comer y bailar y hasta cortaron la torta de Elsita sin Elsita: una desfachatez. Chabeli creyó, en el momento en que la madre le vino con el asunto éste, que le contaba lo de la prima Elsita para torcer la decisión de Chabeli, y que ella eligiera el viaje y no la fiesta. Porque seguramente la fiesta sería más cara que un viaje a Brasil. Error: el error es la alfombra roja de los incautos y era, por supuesto, por donde Chabeli se paseaba con mayor denuedo. Al Brasil viajaron todos juntos, en ómnibus. (más…)

enero 9, 2010 at 10:55 pm Deja un comentario

“Carne de exportación”, por Inés Fernández Moreno

En Diario Crítica.

Lomo, ojo de bife, vacío, chuletones, unos cincuenta kilos de carne de primera repartidos en Coral Gables. Cortes seleccionados para que los coman casi crudos y bañados en salsa barbecue, como les gusta a ellos. Daniel gira por Collins Street y siente un pinchazo de bronca. Creen que saben preparar la carne mejor que los argentinos, con sus parrillas de juguete llenas de manivelas, en sus jardines sin hormigas y sin olor. “De eso estás viviendo”, le dice siempre Vera, así que mejor se calla. Pero no puede impedir que le lleguen, desde tantos veranos y tantos lugares de la infancia, el olor y el sonido de las ramitas que crepitan, la felicidad de juntarlas en el pasto húmedo; si entrecierra los ojos, hasta puede ver la fina columna de humo que se levanta de la pila que han armado con sus primos. Para eso es necesario un jardín generoso, un jardín con algo de bosque, no esos canteros presuntuosos, esos céspedes cortados al rape, como si fuera la cabeza de un marine. Se merecen su charcoal, piensa, y otra vez recuerda el sentido común de Vera. “Hay que adaptarse, dejar atrás las nostalgias inútiles”. Como prueba de su capacidad de adaptación, ella le ha regalado ese pantalón, el que lleva puesto, un pantalón de carpintero americano con por lo menos diez bolsillos de distintos tamaños donde nunca sabrá qué guardar.

enero 5, 2010 at 8:16 pm Deja un comentario

“Las dos partes implicadas”, por J. D. Salinger


By CabernetCatieEn realidad no hay mucho que contar. Quiero decir que no fue grave ni nada, pero fue así como raro, en todo caso. Quiero decir porque por un momento pareció que todo el mundo de la fábrica y la madre de Ruthie y todos se iban a carcajear de nosotros. Habían estado diciendo que yo y Ruthie éramos demasiado jóvenes para casarnos. Ruthie tenía diecisiete
años y yo tenia veinte, casi. Eso es ser bastante joven, de acuerdo, pero no si sabes lo que estás haciendo. Quiero decir que no lo es si todo va de primera entre ella y tú. Quiero decir entre las dos partes implicadas. Bueno, como iba diciendo, Ruthie y yo en realidad nunca nos separamos. No nos separamos realmente. Y no es que la madre de Ruthie no estuviera deseándolo. Mrs. Cropper quería que Ruthie fuera a la universidad en vez de casarse. Ruthie se salió del colegio cuando tenía sólo quince años, y donde ella quería ir no la aceptaban hasta que tuviera dieciocho. Quería ser médico. Yo le tomaba el pelo, “¡Llamando al doctor Kildare!”, le decía. Yo tengo un buen sentido del humor. Ruthie no. Es más inclinada a ser así como seria. Bueno, en realidad no sé cómo empezó todo, pero la cosa se calentó realmente una noche del mes pasado en el local de Jake. Ruthie, ella y yo habíamos ido allí. Ese antro realmente tiene clase este año. No tanto neón. Más bombillas. Más espacio para aparcar. Clase. ¿Saben lo que quiero decir? A Ruthie no le gusta mucho Jake’s. Bueno, esta noche que les decía, Jake’s estaba de bote en bote cuando llegamos, y tuvimos que esperar alrededor de una hora hasta conseguir mesa. Ruthie no estaba por esperar. No tiene paciencia. Entonces, cuando por fin conseguimos una mesa, ella va y dice que no quiere una cerveza. Así que se queda allí sentada, encendiendo cerillas, soplándolas. Volviéndome loco. –¿Qué pasa? –le pregunté por fin. Al cabo de un rato me crispó los nervios. –No pasa nada –dice Ruthie. Deja de encender cerillas, se pone a echar miradas por el tugurio, como si estuviera ojo avizor a ver si veía a alguien en particular. (más…)

enero 5, 2010 at 7:24 pm Deja un comentario

“Retrato de un piscicultor”, por Guillermo Martínez


Hieronimus Bosch, fragmento de "El jardín de las delicias"

En diario Crítica.

Así fue, sí: el primer pececito se lo regalé yo; lo compré en El Arca de Noé, que en esa época era la única casa de animales en la ciudad. En realidad hubiera querido regalarle uno más grande, uno que estaba aparte, solo en una pecera, uno de esos peces tropicales con la cola llena de colores. Pero mi esposo me había dado poco dinero y yo quería comprarle la pecera también.

Al final me decidí por uno de estos lebistes. Lebiste reticulatus, dijo el vendedor, pero casi parecía una mojarrita del arroyo, un pez verde botella, de lo más vulgar, así que llevé una bolsa entera de piedras de colores para que la pecera, por lo menos, estuviese lo más bonita posible. El paquete se lo pusimos al lado de la cama, la foto la sacó mi esposo.

Cumplía once años, pero parecía más chico; siempre representó menos de su edad: era un gurrumín al lado de sus compañeros de escuela. Todo el día estuvo así, sentado delante de la pecera, mirando a su pececito. Quería darle comida a cada rato, pero ya me había explicado el vendedor que no se puede, se enturbia el agua; después compramos el Manual del Piscicultor y verdaderamente es una ciencia la piscicultura: hay una temperatura exacta para el agua, y está la cuestión del cloro, y los alimentos balanceados. Cada vez aparecían más cosas.
(más…)

enero 4, 2010 at 11:03 pm Deja un comentario

Después del té…, por Katherine Mansfield

CottageGarden, patricia cottew“Después del té Kezia se fue a vagar por su propia casa. Ascendió lentamente los peldaños de la escalera trasera y atravesó el lavadero hasta la cocina. Ahí no quedaba más que un trozo de áspero jabón amarillo en un extremo del alféizar de la ventana y un pedazo de franela teñido por el contacto con una bolsa azul en el otro. La chimenea estaba atascada de desechos. Escarbó entre ellos pero sólo encontró una hebilla para el pelo con un corazón pintado que había pertenecido a la criada. La dejó allí abandonada y recorrió el estrecho corredor hasta la sala. Las largas pinceladas de sol y la ondulante sombra de un arbusto del jardín danzaba en las líneas doradas. Ora estaba quieta, ora fluctuaba otra vez, ora llegaba casi hasta sus pies. ¡Bzzz! ¡Bzzz! Un moscardón se estrelló contra el techo, las tachuelas que habían sujetado la alfombra aún tenían adheridos bollitos de pelusa roja. (más…)

agosto 25, 2009 at 9:18 pm Deja un comentario

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Fe

Creer sin evidencia en lo referido por uno que habla sin conocimiento de cosas nunca vistas. Ambrose Bierce, The Devil's Dictionary

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