Entradas agregadas ‘Niños’
El narrador, por Saki
Era una tarde calurosa y el interior del vagón estaba consecuentemente sofocante. Faltaba casi una hora para llegar a Templecombe, la siguiente estación. Los ocupantes del compartimiento eran una niña pequeña, una niña aún más pequeña y un niño pequeño. Una tía que pertenecía a los niños ocupaba uno de los asientos de la punta; el asiento de la otra punta estaba ocupado por un hombre soltero que no formaba parte del grupo, pero las niñas pequeñas y el niño pequeño ocupaban decididamente todo el compartimiento. Tanto la tía como los pequeños practicaban un tipo de conversación persistente y de corto alcance que hacía pensar en los esmeros de una mosca que no se desalienta por más que la rechacen. La mayor parte de las observaciones de la tía parecían comenzar con: “No”, y casi todos los comentarios de los niños comenzaban con: “¿Por qué?”. El hombre soltero no emitía palabra.
–No, Cyril, no –exclamó la tía cuando el niño pequeño comenzó a azotar los almohadones del asiento, levantando con cada golpe una nube de polvo–. Ven a mirar por la ventanilla –añadió.
El niño se acercó a la ventilla de mala gana.
–¿Por qué están sacando esas ovejas de ese campo? –preguntó.
–Supongo que se las están llevando a otro campo donde hay más pasto –respondió la tía sin mucha convicción.
–Pero hay un montón de pasto en ese campo –protestó el niño–; ahí no hay nada más que pasto. Tía, hay un montón de pasto en ese campo.
–A lo mejor, el pasto del otro campo es mejor –sugirió la tía neciamente.
–¿Por qué es mejor? –fue la inevitable y rápida pregunta. (más…)
El amor de los niños, por Tony Morrison
“Las veo. A tí y a tu amiga invisible, inseparables en la playa. Ambas están sentadas sobre una manta roja comiendo helado, por ejemplo, digamos que con una cucharita de café de plata, cunado una chica real aparece chapoteando en las pequeñas olas. También te veo caminando por la orilla con una camiseta de hombre en lugar de un vestido, escuchando a la amiga que nadie ve excepto tú. Atenta a unas palabras que solo tú puedes oír cuando una voz real dice ‘Hola, ¿quieres un poco?’. Ahora innecesarias, las amigas secretas desaparecen, pues prefieren al ser de carne y hueso.
Es como cuando los niños se enamoran. De inmediato, sin presentación. Los adultos no prestan mucha atención porque no pueden imaginar nada más majestuoso para un niño que su propio yo, y así confunden la dependencia con la reverencia. Tanto si reparten golosinas y, asustados por las lágrimas, acceden a cualquier capricho, como si dedican su tiempo a asegurarse de que el niño se comporte adecuadamente y se le corrija, con independencia de la clase de padres que sean, su lugar es secundario con respecto al primer amor que elige un niño. Si el encuentro de los niños se produce antes de que conozcan su propio sexo, o cuál de ellos pasa hambre y cuál está bien alimentado, antes de que distingan el color de la falta de color, o a los familiares de los desconocidos, entonces se da una mezcla de sometimiento y sublevación sin la que jamás pueden vivir.”
Tony Morrison, Amor. Buenos Aires, Debolsillo, 2007.








