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El amor de los niños, por Tony Morrison
“Las veo. A tí y a tu amiga invisible, inseparables en la playa. Ambas están sentadas sobre una manta roja comiendo helado, por ejemplo, digamos que con una cucharita de café de plata, cunado una chica real aparece chapoteando en las pequeñas olas. También te veo caminando por la orilla con una camiseta de hombre en lugar de un vestido, escuchando a la amiga que nadie ve excepto tú. Atenta a unas palabras que solo tú puedes oír cuando una voz real dice ‘Hola, ¿quieres un poco?’. Ahora innecesarias, las amigas secretas desaparecen, pues prefieren al ser de carne y hueso.
Es como cuando los niños se enamoran. De inmediato, sin presentación. Los adultos no prestan mucha atención porque no pueden imaginar nada más majestuoso para un niño que su propio yo, y así confunden la dependencia con la reverencia. Tanto si reparten golosinas y, asustados por las lágrimas, acceden a cualquier capricho, como si dedican su tiempo a asegurarse de que el niño se comporte adecuadamente y se le corrija, con independencia de la clase de padres que sean, su lugar es secundario con respecto al primer amor que elige un niño. Si el encuentro de los niños se produce antes de que conozcan su propio sexo, o cuál de ellos pasa hambre y cuál está bien alimentado, antes de que distingan el color de la falta de color, o a los familiares de los desconocidos, entonces se da una mezcla de sometimiento y sublevación sin la que jamás pueden vivir.”
Tony Morrison, Amor. Buenos Aires, Debolsillo, 2007.
M. construye una torre, por Ezequiel Martínez Estrada

M. construye una torre para contemplar el panorama.
El trabajo de construirla es grande, pues no hay albañil que pueda ayudarle y emplea sus ratos perdidos.
A medida que hace su torre, va edificándose alrededor. Cuando la termina, se ha edificado una ciudad y ya no puede contemplar el paisaje.
EZEQUIEL MARTÍNEZ ESTRADA, gran poeta, autor de relatos admirables, ensayista.
Nació en San José de la Esquina, Santa Fe, en 1895. Murió en 1964.
Diálogo, por Silvina Ocampo
Te hablaba del jarrón azul de loza,de un libro que me habían regalado,
de las Islas Niponas, de un ahorcado,
te hablaba, qué sé yo, de cualquier cosa.
Me hablabas de los pampas grass con plumas,
de un pueblo donde no quedaba gente,
de las vías cruzadas por un puente,
de la crueldad de los que matan pumas.
Te hablaba de una larga cabalgata,
de los baños de mar, de las alturas,
de alguna flor, de algunas escrituras,
de un ojo en un exvoto de hojalata.
Me hablabas de una fábrica de espejos,
de las calles más íntimas de Almagro,
de muertes, de la muerte de Meleagro.
No sé por qué nos íbamos tan lejos.
Temíamos caer violentamente
en el silencio como en un abismo
y nos mirábamos con laconismo
como armados guerreros frente a frente.
Y mientras proseguían los catálogos
de largas, toscas enumeraciones,
hablábamos con muchas perfecciones
no sé en qué aviesos simultáneos diálogos. De Los Nombres (1953).
En: “La continuación” y otras páginas. Buenos Aires, Colección Capítulo, Centro Editor de América Latina, 1981, pp. 35-36.







