“La primera vez”, por David Kuehls

octubre 27, 2009 at 8:45 pm Deja un comentario

"Anunciación", obra de Osvaldo Baldi, año 2005

"Anunciación", obra de Osvaldo Baldi, año 2005

La tarjeta. Su vida entera estaba en esa tarjeta. En particular, en el microchip que contenía todo, desde su cociente intelectual hasta e hecho de ser zurdo hasta los recuerdos del recreo de cuarto grado. Tres segundos más tarde se oyó un zumbido, la tarjeta saltó fuera de la ranura, la puerta se destrabó y Rod Taylor entró en la cafetería.

Demasiada seguridad para apenas un sándwich de pavo, pensó Rod. Deslizó su bandeja a lo largo del entubado de metal, y tomó un recipiente de compota de manzanas además del sándwich. Pero primero se lo llevó a la nariz y lo olió para ver si estaba fresco. Rod detestaba la compota de manzanas del día anterior. Tenía una película invisible que uno podía oler y saborear. Olía como el plato de metal en que se hallaba, y también tenía ese sabor. El primer recipiente que tomó contenía compota de manzanas del día anterior. Rod fue a dejarlo donde estaba, pero Gary, de contabilidad, lo empujó con su bandeja desde atrás y le dijo que se apresurara. Rod deslizó su bandeja hasta la cajera.

Era una mujer. Rod se dio cuenta por la ajada novela romántica que sostenía sobre un muslo. Los androides no leían por placer. Y aunque lo hicieran, no leían novelas románticas. Tal vez un polímero esquemático.

La mujer le sonrió y Rod sintió que se le ponía la cara colorada. Quería decirle algo pero la boca no se le abría. La cajera levantó un dedo y le señaló la cara.

-Tiene compota de manzanas en los anteojos -le dijo.

Rod se sonrojó, se quitó los anteojos y miró el grumo de compota de manzanas, más o menos del tamaño de una goma de lápiz, adherido a la montura en la parte inferior de la lente izquierda. Rod la limpió cuidadosamente con una servilleta. Luego se volvió hacia la muchacha.

Ella miró la registradora.

-Pavo en pan blanco, compota de manzanas y leche. Son 4,3 créditos.

Rod le pagó y estaba por decirle algo cuando Gary, de contabilidad, lo empujó con su bandeja desde atrás y le dijo que se apresurara.

***

Se llamaba Rod Taylor pero no se parecía en nada al astro de cine de los viejos tiempos, el actor que interpretaba el filme favorito de su tío, Los pájaros. Rod debía de haber visto esa película unas cien veces cuando era chico. El tío Harry solía pasarla en el escritorio cuando mamá y papá salían y Harry se quedaba de niñero. El pequeño Rodney miraba desde el corralito, inmóvil durante horas, hasta que el filme terminaba y Rodney de repente tenía que hacer pis. Entonces empezaba a llorar. Y Harry venía de la habitación contigua, con olor a cerveza y riéndose solo. Murmuraba algo acerca de Hitchcock, las vejigas y perfecto sentido de la oportunidad.

Rod debería haberse llamado algo así como Caspar Milquetoast o Fielding Mellish, un nombre más apropiado para su contextura física: delgado, bajo y semicalvo. Pero ésa era la vida real, no el cine, y, tal como eran las cosas, Rod Taylor era el Rod Taylor de aspecto más insignificante que había por ahí. Para empeorar las cosas, tenía treinta y nueve años, era soltero y cumplía años el viernes.

Rod dejó la bandeja en el asiento de costumbre, en la mesa dieciséis. Los muchachos ya estaban reunidos y discutían el tema número uno: sexo.

Estaba Jim Collins, treinta y seis. Había salido con más mujeres que la cantidad de fantasías que había tenido Rod. Jim era el líder del grupo en lo que concernía a mujeres. Después estaba Tim Black, treinta y ocho, un metro noventa, casado pero no inmune a alguna que otra aventura extramatrimonial. El rumor afirmaba -y ese rumor provenía de la boca de Tim a la hora del almuerzo- que Tim era el único que “se volteaba” a la nueva secretaria de embarques.

-Ella tiene debilidad por los hombres altos -dijo Tim con una risita disimulada-. Cree que todo es proporcionalmente más grande. ¿Y quién era yo para decepcionarla?

Por último estaba Scott Bolton, treinta y cinco, casado dos veces, dos veces divorciado. Scott tenía debilidad por las androides.

Scott movió su bandeja para hacerle espacio a Rod.

-Así que ahí estaba yo con Carla en el depósito -iba diciendo Tim mientras masticaba un pancito-. Yo sabía que ella me deseaba otra vez, después de lo que hicimos la semana pasada. Cerró la puerta, así podíamos estar a solas. Di un paso atrás, fingiendo sorpresa. Ella se me acercó y empezó a desabotonarse la blusa.

-¿Ahí mismo, en el depósito? -Los ojos de Scott sobresalían como los de un extraterrestre.- ¿Te la volteaste ahí, en el depósito?

Tim hizo un ademán para calmar el alboroto.

-Todavía no terminé. -Hizo una pausa.- ¿Por dónde iba? Ah, sí. Se me acercó desabotonándose la blusa. Murmuró que me deseaba otra vez, ahí mismo y en ese mismo momento.

-¿Y entonces te la volteaste? ¿Te la volteaste? -Scott parecía un chico sentado en la falda de Santa Claus.

Tim lo miró ceñudo.

-No. Le dije que la primera vez fue un error, y que yo no quería que volviera a suceder. Que yo era un hombre casado y no era mi costumbre engañar a mi esposa.

-¡No! -exclamó Scott.

-Sí -replicó Tim, y sonrió con una mueca de superioridad.

Al fin habló Jim.

-Bien hecho. No debemos permitir que estas mujeres piensen que pueden aprovecharse de nosotros en cualquier momento que lo deseen. ¿No es así?

-Así es -dijo Scott.

-Por supuesto -dijo Tim.

Después los tres se volvieron hacia Rod. A veces él no sabía por qué los conservaba como amigos. Todas esas estupideces machistas que decían, que las mujeres eran como objetos, que había que conquistarlas y luego patearlas… Pero entonces Rod se recordó que Jim, Tim y Scott eran sus únicos amigos.

-Seguro -dijo-. Seguro. -Le dio otro mordisco al sándwich de pavo y empezó a masticarlo diecisiete veces. Una, dos, tres…

-Me alegro de haberlo aclarado -dijo Jim-, porque tengo algo nuevo para ustedes, muchachos; acabo de probarlo yo mismo, anoche. Es de esa buena gente de Datadates.

Tim hizo una mueca.

-Espera un segundo. ¿No eran esos de las androides defectuosas?

-Sí, se les salían los pies durante el orgasmo simulado -agregó Scott-. Y uno tenía que llevarlas de vuelta al camión y todos los vecinos te veían.

Tim miró a Scott.

-Veo que te metieron el perro otra vez.

-Dos veces, en realidad -dijo Scott. Enseguida se apresuró a agregar: -Pero después me aseguraron que habían arreglado todos los defectos.

Jim empezó a reír entre dientes. Lo siguió Tim. Y Rod fingió hacerlo.

-Bien -dijo Jim al fin-, puedo asegurarles que esta vez todas las fallas están arregladas… y les han agregado algo extraespecial. -Tomó un sorbo de ginger ale de un vaso transpirado. -No sé por qué no se le ocurrió a alguien hace mucho tiempo, el concepto parece tan… tan comercializable.

-¿Qué es? -preguntó Tim.

-¡Sí! ¿Qué es? -Scott estaba ansioso.

Hasta a Rod se le había despertado el interés. Se acercó un poco más al grupo.

-Aquí tienen -dijo Jim-, déjenme mostrarles. -Sacó un folleto del bolsillo de la camisa. -Se llama “La primera vez”. -Se lo entregó a Tim, que lo desplegó.

Rod miró el folleto por encima del hombro de Scott.

¿No hubiera querido saber entonces lo que sabe ahora?, tentaba la leyenda-señuelo en grandes letras en negrita. Y continuaba: “Y bien, ahora usted puede hacerlo, con el servicio de citas La Primera Vez“. Abajo había un texto escrito en cuerpo más pequeño, la advertencia habitual de que se requería una tarjeta craneal. Pero entonces Jim empezó a hablar.

-Fue increíble. Vino a la puerta y yo podría haber jurado que era ella.

-¿Quién? -preguntó Scott.

Los ojos de Jim se ablandaron por apenas un segundo.

-Becky Milton, jefa de bastoneras de la escuela secundaria de Quayle, Indianápolis.

-¿Tu viejo amor? -Tim arrancó otro pedazo de pan y se lo echó en la boca.

-Algo así -respondió Jim-. Yo estaba en segundo año y ella en el último. Hombre, qué piernas tenía. Becky Milton. -Dijo el nombre lentamente, saboreando el recuerdo como un vaso de vino caro. -Ese año debo de haber ido a todos los partidos, sólo para mirarla actuar en e medio tiempo. El equipo iba cero a doce, pero no me importaba. Era magnífica.

-¿Y? -preguntó Scott.

Jim continuó con aire soñador:

-Bueno, la noche de la fiesta de graduación, algunos amigos y yo nos colamos. Estábamos tomando cerveza afuera, en el estacionamiento, cuando Becky salió por la puerta, llorando. Ella y Chip Thompson, el defensa del equipo de la universidad, habían tenido una gran pelea. Becky lloraba, y nos pidió que la lleváramos a su casa. Y yo, que no era ningún tonto, supe que era mi gran oportunidad, así que me ofrecí. La llevé a la casa en mi auto, pero ella no quería entrar… todavía. Dijo que quería pasear un poco. Así que la llevé a pasear un rato, con las palmas transpiradas, la boca seca, todo eso. Trataba de mantener los ojos fijos en el camino y no en la pollera de Becky. Al final, me dijo que parara. Entonces me preguntó si no quería que pasáramos al asiento de atrás.

-¡Nunca nos lo contaste! -exclamó Scott, un poco enfadado.

-Ya lo sé -repuso Jim, y calló un momento-. Porque fue un desastre. Yo no tenía ni la más lejana idea de qué hacer. Y resultó evidente que Becky quería alguien que sí supiera. Pero lo hice. No fue lindo, pero lo hice.

-¿Ésa fue tu primera vez? -preguntó Tim.

Jim asintió y tomó un trato de ginger ale.

Scott tosió.

-¿Y entonces anoche una androide que se parecía a Becky…? ¿Becky…?

-Milton.

-Una androide parecida a Becky Milton fue a tu casa y lo hiciste todo de nuevo.

-Así es -dijo Jim-. Sólo que no era nada más que una androide parecida a Becky. Era ella. Hasta en la pollera y las lágrimas y lo que me dijo con respecto a que no quería volver a ver a Chip Thompson nunca más. Exactamente tal como yo la recordaba.

-¿Y la llevaste a la cama? -preguntó Tim-. ¿Te la volteaste como loco en tu departamento?

-No -respondió Jim, esbozando una sonrisa burlona-. Becky Milton quería ir a pasear.

Scott absorbió estas palabras y luego tragó con fuerza.

Rod miró el folleto. Lo mismo hicieron Scott y Tim y Rod. Jim sonreía como un gato.

¿No hubiera querido saber entonces lo que sabe ahora?

***

El departamento de Rod era tan blanco como su cubículo en el trabajo. Paredes blancas, muebles blancos, hasta una carpeta blanca. Lo único que rompía la monótona eran los cuadros de pájaros de las paredes.

Esa tarde Jim había hecho hacer copias del folleto y ahora una descansaba sobre la mesa blanca de la cocina de Rod. Mientras calentaba la cena en el microondas, Rod hojeó otra vez el folleto y pensó en su primera vez, con Tammy Wilson, y lo que había pasado después del baile de su último año en la facultad. Por un momento estuvo de vuelta allí, debajo de los árboles, oliendo las agujas de pino y la fragancia a limón del cabello de Tammy.

¡Y ellos estaban riéndose de él!

Entonces sonó el microondas. El pollo y las papas estaban listos.

***

Después de cenar, Rod volvió a mirar el folleto.

-Esto es una estupidez -se dijo-. Ahora no sé mucho más que antes. ¿Qué es lo que ha habido? Tres mujeres, desde entonces, un encuentro con cada una. Eso no me convierte exactamente en un donjuán. -Y además, Rod no quería iniciarse con androides. Si eran buenas, Rod sabía que podían formar hábito. Pregúntenle a Scott, si no. Y no era eso lo que él quería. Rod quería una mujer de verdad, alguien con quien pudiera hablar… de libros, quizá.

Rod quería a la cajera de la cafetería. ¿Pero cómo abordarla?

Suspiró, luego abolló el folleto en una pelotita y lo arrojó al papelero.

-Dos puntos -dijo-. Dos puntos.

Forzó una sonrisa. Ya se sentía mejor. Había tomado una decisión y ahora dependía de él atenerse a ella.

Y además, se dijo, esa noche era la primera vez que “se apuntaba un tanto” en bastante tiempo.

Y la risa no regresó más por toda aquella noche.

***

-No podía creerlo -dijo Scott-. Tenías razón.

Jim sonrió y bebió ginger ale por la pajita. Tim escuchaba con atención. Rod mordió el sándwich de pavo en pan blanco, masticó diecisiete veces. Antes de sentarse, había conseguido decirle “Hola” a la cajera, pero ésa fue toda la conversación que se le ocurrió. Todavía tenía la cara sonrojada por el encuentro, y se estaba pateando mentalmente en el trasero por acobardarse.

Jim se sacó la pajita de la boca y se volvió hacia Scott.

-Por supuesto que tenía razón sobre las androides. No les mentiría a ustedes, muchachos.

-Cuéntanos -dijo Tim-. ¿Cómo era ella… quiero decir… la cosa? ¿Estaba buena?

Scott dijo:

-Parecía de verdad. No pude encontrar ninguna diferencia.

Rod siguió masticando. Quería decirle a Scott que él no era exactamente un testigo experto. Pero luego lo pensó mejor. Si lo hacía, los muchachos se volverían contra él y se burlarían de todas sus mujeres. Y Rod no estaba de humor para eso.

-Se llamaba señora Watson -comenzó Scott-. Tenía veintiséis años, era divorciada y tenía un cuerpo impresionante. Cuando estaba en la secundaria, yo solía hacerle trabajos manuales. Cortaba el césped, limpiaba las canaletas, lavaba el auto. Esas cosas. Bueno, un día de verano estaba recortándole las cercas…

-Apuesto a que sí -dijo Jim con una sonrisa irónica.

Scott parpadeó.

-Estaba recortándole las cercas y ella salió y me preguntó si no quería tomarme un descanso. Había hecho una jarra de limonada y me dijo que si quería un vaso podría entrar.

-Apuesto a que entraste -dijo Jim otra vez con una sonrisa irónica.

-Tenía puesto un top y unos pantaloncitos blancos, muy cortos. Y tacos. Tacos altos rojos.

-No. No lo creo -dijo Jim, fingiendo incredulidad-. Esto parece una de esas cartas a Penthouse.

Scott levantó tres dedos y dijo:

-Palabra de boyscout.

-Está bien, te creo -se apresuró a decir Jim-. Continúa.

-La verdad es que no hay mucho más que contar. Antes de que yo me diera cuenta, ella estaba sentada en mi falda, con los pechos aplastados contra mi cara. Tuve una erección instantánea. Enseguida empezamos a revolcarnos por el piso. -Scott calló, se echó una masita en la boca.

-¿Y entonces qué fue lo que pasó anoche? -preguntó Tim-. ¿Lo mismo?

Scott tragó.

-Bueno, sí y no.

-¿Qué quieres decir con “sí y no”? -preguntó Jim.

-Ella era la viva imagen de la señora Watson -dijo Scott-. Pero esta vez hicimos el sesenta y nueve y yo la monté por atrás.

Tim golpeó la mesa con la palma abierta, y los cubiertos saltaron.

-¡No lo hiciste!

-Palabra de boyscout -dijo Scott, levantando tres dedos.

Todos rieron. Rod forzó una sonrisa.

Por fin, Rod habló.

-Pero tu señora }Watson… ¿era realmente ella?

Scott juntó las puntas de los dedos de ambas manos, exhaló con expresión dramática.

-Déjenme decirles algo. Ella vino a la puerta vestida exactamente con la misma ropa que yo recordaba. -Calló un momento. -Y llevaba una jarra de limonada helada.

Tim hizo un ruidito con la garganta. Jim y Scott se miraron y sonrieron.

***

Esa noche, en mitad de su cena de pollo con papas calentada en el microondas, Rod apoyó el tenedor en la mesa y se acercó al papelero. Revolvió en el interior unos segundos, y lo encontró.

Tomó el folleto y lo desplegó. Alisó las arrugas con la mano, lo puso sobre la mesa y colocó un recipiente vacío, a manera de peso, sobre cada extremo. Se sentó otra vez, cortó otro pedazo de pollo y procedió a masticarlo diecisiete veces. Rod miró el folleto, pensó en Tammy Wilson y masticó.

Aquella noche tenía puesto un vestido blanco, con volados. Rod recordaba que la había tomado de la mano. La presión era maravillosa. Habían salido y el aire fresco de la primavera estaba lleno de humedad. El cielo era un puñado de diamantes parpadeantes sobre terciopelo negro. Rod se hallaba un poco bebido. Tammy, aún más. Alguien había cargado el ponche. A Rod le bajaba sudor por la nuca mientras Tammy lo conducía a un lugar del otro lado del campo de fútbol. Había un bosquecillo de pinos y una suave alfombra de agujas secas. Se sentaron…

¡Y comenzaron las risas!

Justo entonces sonó el teléfono.

Rod tragó el pedacito de pollo. Mientras le bajaba por la garganta lo sintió como una píldora. Oprimió unas teclas del teléfono y encendió el monitor. Mamá y papá sonreían desde Seattle.

Happy birthday to you, Happy birthday to you, Happy birthday to you, querido Rodney. Happy birthday to you.

Mamá sostenía una vela y papá la apagó. Parecían mucho más viejos. Pero si ellos eran tan viejos, ¿qué se podía decir de él?

-Feliz cumpleaños, hijo -dijo papá, sonriendo.

Rod bajó el tenedor.

-Pero es mañana.

-Decidimos llamar un día antes -dijo mamá-. Queríamos ser los primeros. Y además, mañana es viernes y saldrás con una chica. -Hizo una pausa. -¿No?

Rod respondió con rapidez.

-Sí, claro, mamá. Saldré con una chica.

-¿Con quién? -preguntó mamá.

Rod miró el folleto.

-Alguien con quien yo solía… una compañera de oficina.

-Qué bien -aprobó mamá-. Tendrán algo en común.

Después hablaron durante diez minutos sobre las cosas habituales: cómo le iba a él en el trabajo, otras muchachas, y cómo le iba en el trabajo. A medida que la conversación se acercaba al final, papá se animó de pronto.

-Ah, casi me olvido -exclamó-. Rápido. ¿Cuál es tu número de PakFax?

Rod se lo dijo.

Papá apretó unos cuantos botones en Seattle y cinco segundos más tarde una luz se apagó en el teléfono de Rod. Estiró una mano y abrió el conducto de entregas. Adentro había un vídeo de Los pájaros aún envuelto en celofán.

-Es del tío Harry -dijo papá.

Rod se quedó mirando los títulos y vio su propio nombre junto al de Tippi Hedren.

-Agradézcanle al tío Harry de mi parte -dijo Rod.

-Lo haremos -repuso papá-. Feliz cumpleaños otra vez, hijo.

Luego la pantalla mostró una señal visual y se puso negra.

***

El viernes a la hora del almuerzo la cajera no estaba allí, y Rod sintió que el corazón se le hundía como un barco. Una androide, que parecía una institutriz sádica de alguna novela del siglo XIX, la había reemplazado. Ella -eso- no respondió cuando Rod le preguntó dónde estaba la otra cajera. Se limitó a recitar el precio del pavo en pan blanco y la compota de manzanas, y luego hizo sonar la caja registradora.

En la mesa del almuerzo, era el turno de Tim. Y la suya era la mejor historia hasta el momento. Rod mordió su sándwich, masticó diecisiete veces y escuchó.

-Siempre me dio un poco de vergüenza admitirlo, pero la primera vez que me acosté con una mujer fue con Linda.

Jim alzó una ceja.

-¿Tu esposa?

-Noooooo -dijo Scott-. Con esa vaca pasada de peso, no. De ninguna manera, José.

-Es cierto -dijo Tim-. Pero esa vaca pasada de peso fue una vez la chica más codiciada de la escuela secundaria. Deberían haberla visto en las barras paralelas. Piernas fuertes como una prensa, pechos como melones grandes.

-Comienzas a hablar como un poeta barato. -Jim sorbió por la pajita y burbujas de aire gorgotearon en el fondo del vaso.

-Pero era poesía -dijo Tim-. Por lo menos durante los primeros años. Y esa primera vez. ¡Ahh! Fue después de la escuela. Linda estaba ejercitándose en el gimnasio y yo volvía del salón de pesas, de tratar de sacar un poco de músculos así no se me burlaban tanto en la cancha de básquet. Era tarde. Parecía que no había nadie más por ahí cerca, salvo el portero nocturno, que estaba afuera, en el zaguán, trabajando con una máquina perforadora.

-Mientras tú, en el gimnasio, querías “perforar” a Linda. -Scott chilló como un cerdo riendo de su propia broma.

-Bueno, sí. -Tim casi se sonrojó. -Más o menos así era la cosa. Habíamos salido una o dos veces. Pero apenas si nos dimos un beso de despedida. Linda salía con otros tipos, pero yo había oído comentar que ninguno había llegado más lejos, tampoco. Así que ese día me senté en las gradas, con la toalla alrededor del cuello, y la miré hacer gimnasia. Era buena, muy buena. Y después se acercó y se sentó a mi lado. hablamos de tonterías. Y entonces, como estábamos los dos acalorados y transpirados, le propuse en broma ducharme yo en el vestuario de las chicas y ella en el de los muchachos… ya que no había nadie cerca. Pero entonces Linda me dijo: “¿Por qué no nos duchamos juntos?”.

-¡Nooo! -exclamó Jim. La pajilla se le cayó de la boca.

Tim sonrió.

-Se puso colorada no bien lo dijo. Y vi que la idea la excitaba tanto como a mí. Así que la tomé de la mano y la llevé al vestuario.

-¿A cuál? -preguntó Rod. Deseaba ser parte de la conversación, también.

-El de los muchachos, por supuesto. No quería que ninguna chica me viera desnudo.

-Qué gracioso -dijo Jim-. ¿Y anoche? ¿Pasó lo mismo?

-Alquilé un cuarto en el East Side. “Linda” -Tim hizo unas comillas en el aire- vino a la puerta con el mismo aspecto de hace dieciocho años. Con el equipo de gimnasta. Una delgada capa de sudor le cubría el cuerpo. Y llevaba un jabón.

-Por Dios -dijo Scott.

Rod miró su reloj. Eran las doce y veintitrés. Él había nacido a las doce y dieciocho.

Rod acababa de cumplir cuarenta años.

***

El blanco departamento de Rod resultaba especialmente estéril esa noche. En el trabajo nadie le había dicho nada por su cumpleaños, y eso le dejó en el estómago un agujero del tamaño de un plato de sopa. Rod contempló un momento los cuadros de pájaros en la pared, luego fue hasta la heladera. En el congelador quedaba un solo paquete de pollo con papas. Pero mañana era sábado, y él haría las compras en el mercado… lo mismo que el último sábado a la mañana. Y que el sábado a la mañana anterior. Y el sábado a la mañana anterior a ése…

Rod puso el paquete en el microondas, lo reguló a temperatura baja, ajustó el timer para un rato después (todavía no tenía hambre), y presionó el botón de inicio. Leugo fue a la sala y puso Los pájaros para sentirse acompañado. Miró la película hasta que distinguió a Hitchcock paseando esos perros de aspecto ridículo; después su atención disminuyó. Contempló la habitación.

Y vio el sobre.

Descansaba sobre el extremo de la mesa, junto a la ventana. Era un sencillo sobre blanco y en la parte exterior alguien había escrito “Rod” en tinta negra. Rod no perdió tiempo, pero lo abrió con cuidado, arrancando una línea recta del doblez con una uña. Sacó la tarjeta. En ella sonreía un tipo gordo con un pedazo de pizza en la boca y el brazo alrededor de una rubia voluminosa. La leyenda decía: “¡Felices 39 años!”. Rod abrió la tarjeta. El remate chistoso decía: “¡Otra vez!”. Estaba firmada por los muchachos: Jim, Scott y Tim.

Eso causó una sonrisa en la cara de Rod. Pero debajo de las firmas había una postdata: “Disfruta de tu ‘Primera vez’. Saludos de la mesa N° 16”.

Rod puso el sobre vacío sobre la mesa, luego vio que había algo más en él. Lo levantó y lo dio vuelta, boca abajo. Salió su tarjeta craneal.

-¿Cómo hicieron…? -Rod buscó la billetera y la abrió. Su tarjeta craneal faltaba. La tarjeta que estaba dentro del sobre era la suya.

-¿Cómo hicieron…? -Entonces Rod recordó su experimento en el laboratorio a las dos y media, en el cuarto hiperlimpio. Había dejado la billetera y las ropas de calle en el cuarto para cambiarse. ¿Y no andaba Scott dando vueltas por ahí sin motivo alguno?

Por supuesto.

Rod miró la pantalla de video. Rod Taylor, su tocayo, flirteaba con Tippi Hedren. Y eso lo hizo pensar en Tammy Wilson. ¿También él tendría que flirtear con ella? En cualquier momento sonaría el timbre y Tammy -o una androide perfecta que sería la imagen de Tammy a los veintiún años- aparecería parada en la puerta. ¿Llevaría el mismo vestido blanco? ¿Estaría un poco pasada de vino?

El microondas sonó. Pero Rod dejó que el pollo y las papas se enfriaran. Una vez más, pensó en aquella noche.

Tuvieron que correr a los pinos por los campos de atletismo. Esa noche había luna llena, que arrojaba una sombra plateada sobre los árboles y el pasto. “Parece algo salido de una película de Walt Disney”, recordó haberle dicho Rod. Y Tammy agregó: “Qué romántico”.

Se sentaron en un lecho de agujas de pino; el fuerte olor llenaba la cabeza de Rod, se la atontaba, como si hubiera fumado opio.

Se besaron, y los labios de Tammy sabían a vino tinto. Soltó unas risitas mientras manipulaba torpemente los botones de la camisa de Rod. Él sentía que iba poniéndose duro mientras estiraba una mano y trataba de desabrocharle el corpiño en la espalda.

-Espera -dijo Tammy-. Déjame ayudarte. -El largo cabello negro le caía ante los ojos; bajó la vista hacia su pecho y se soltó el corpiño. -Se abre por adelante. -Sonrió.

Después él se sacó los zapatos, luego los pantalones; aterrizaron en una pila cerca de la raíz de un pino en forma de S, sobre la ropa interior de la muchacha. Rod se sacó los anteojos.

Es todo tan perfecto, recordó haber pensado. Tan perfecto como lo más perfecto. La piel de Tammy olía a jabón, y su cabello, a shampú de limón. Él la penetró y ella gimió. Rod recordó haber pensado que iba a acabar allí mismo y entonces trató de evitarlo. Pensó en el béisbol, en pruebas de laboratorio. Quería complacerla a ella también.

Pero entonces las risas. ¡Las risas burlonas!

Rod sintió los ojos de ellos en la nuca. Se representó esas caras detrás de él, mirándole fijo el trasero blanco, que relucía pálidamente a la luz de la luna. ¿Uno de ellos tenía una cámara fotográfica? ¿O, peor, una filmadora?

Y de pronto Rod no tuvo que preocuparse por terminar demasiado rápido. Quedó instantáneamente fláccido dentro de Tammy. Dejó de embestir, pero Tammy continuó moviendo las caderas.

Luego se detuvo.

-¿Rod? ¿Qué ocurre?

Las risas continuaban.

-¿Rod? ¿Estás bien?

Él la miró y le dolió el corazón. No quería que aquello fuera así. Pero qué elección tenía.

-No puedo hacerlo… No puedo hacer el amor con ellos ahí.

-¿Quiénes?

-Deben de habernos seguido aquí desde el baile. Discúlpame. Muy graciosos, muchachos. Muy graciosos. -Rod dijo las últimas palabras más alto que las otras.

Tammy se retiró un mechón de cabello de delante de los ojos verdes.

-¿De qué hablas, Rod?

Rod salió de dentro de ella y comenzó a darse vuelta.

-¿Quieres decir que no oyes cómo se ríen de nosotros?

-Rod. Nadie se ríe de nosotros. Estamos completamente solos.

Rod miró la oscuridad con ojos entrecerrados, luego caminó por las agujas de pino hasta que encontró las gafas. La luz de la Luna hacía que los pinos brillaran como estatuas de plata. Allá, a la distancia, alcanzaba a ver las luces de la fiesta. Un par de voces resonaban desde muy lejos.

Rod miró alrededor. Tammy tenía razón: estaban solos.

Tammy continuó:

-Bueno, no hay nadie más que nosotros…

Rod volvió a revisar a izquierda y derecha.

-…nosotros y esos pájaros.

Rod alzó la vista. Cerca de una docena de mirlos se hallaban posados en una rama.

Y entonces empezaron a reírse.

***

Las risas fueron interrumpidas por el timbre. Rod despertó como de un sueño. Avanzó hacia la puerta, aturdido y conmovido. Le dolía la cabeza y tenía la boca seca. En la pantalla, una bandada de mirlos iba acumulándose sobre un gimnasio.

Rod abrió la puerta.

Y entró el tío Harry.

Llevaba un overol con manchas de pintura en la pechera. Tupido cabello negro le crecía como piel en el dorso de las manos. Tenía el mismo aspecto que treinta y cinco años atrás.

Harry se detuvo cuando vio que Rod estaba pasando la película. Tosió y su aliento olía a cerveza.

-Eh, Rodney -dijo el tío Harry-. Qué atento. Veo que estás pasando nuestra canción.

Harry rió y en la pantalla los pájaros levantaron vuelo. Unos chicos chillaban y salían corriendo atropelladamente de una escuela.

Rodney dio un paso atrás y abrió la boca para gritar, pero no le salió nada.

Y no había adónde ir.

Michele Slung (Comp.), Caricias de Horror II. Buenos Aires, Emecé, 1994, pp. 107-119.


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